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La guerra de Irak: la carta del último adiós
El iraquí Abu Fahed perdió a su esposa a manos de soldados de EE.UU. y decidió vengar su muerte: se unió a la Jihad y se convirtió en atacante suicida, pero antes de morir dejó a su hija de tres años una conmovedora carta de despedida, en la que intenta explicarle por qué la abandona y elige morir. Ésta es su dramática historia.
Por Hala Jaber
BAGDAD .- Mientras se preparaba para dejar su hogar en Bagdad por última vez, Abu Fahed miró a su hija Noor, de tres años, que dormía, dividido entre el amor por ella y el odio hacia los soldados estadounidenses que habían matado a su madre.
Contuvo el impulso de despertarla, abrazarla y besarla y acariciar su pelo. En cambio, dejó una carta en su almohada en la que le explicaba que su deseo de venganza era más fuerte que su deber de cuidarla. Luego dio la espalda a su "ángel" y salió de la casa en la pálida luz del amanecer. Fue el día que Abu Fahed había escogido para morir. Todo lo que le importaba ahora era matar a la mayor cantidad de soldados estadounidenses que fuera posible.
Más tarde, mientras Abu Fahed participaba en un ataque en la ciudad norteña de Kirkuk, en el que junto a otros seis atacantes suicidas mataron a 27 personas e hirieron a otras 97, su cuñada encontró a la niña dormida y la carta junto a su cabeza.
Abrió el sobre y comenzó a leer las líneas escritas en las cuatro hojas arrancadas de un cuaderno. "Perdóname, hija mía", comenzaba la carta. "No quise despertarte para besar tus manos. Me bastó arrodillarme junto a tu pequeña cama y despedirme de ti. Mi viaje esta vez me lleva a la eternidad."
La cuñada, que pidió que sólo se la mencionara como Huda, de pronto comprendió por qué Abu Fahed había parecido tan preocupado e irascible en las últimas semanas. Sabía que si había estado tomando la decisión de hacerse "mártir", el destino de su hija, que pronto quedaría huérfana, le pesaría mucho.
Continuando con la lectura, vio que su culpa estaba expresada vívidamente en la carta. "¿Podrá tu pequeño corazón perdonar mi crimen contra ti?", había escrito. "¿Perdonarás mi abandono al ocuparme con la Jihad ? ¿Perdonarás mi amor por Irak, que en mi corazón pesó más que mi amor por ti?
A los ojos de Huda, Abu se había convertido de padre devoto en un "monstruo" en dos años, desde que su esposa Ahlam, de 32 años, fue asesinada. La carta era un esfuerzo final por justificar su decisión de vengar ese asesinato, aunque eso significara abandonar a su hija. Descargaba toda su ira contra la fuerza de ocupación que había destruido a su familia. "Mataron a tu madre y destruyeron mis sueños y los de ella, y tú fuiste la víctima", escribió el padre. "Un día comprenderás que mi pena por Bagdad es mayor que el sueño de una vida feliz contigo jugando delante de mí".
La carta, escrita en árabe clásico, lo que sugiere que puede haber buscado la ayuda de alguien educado para expresarse, ofrece una visión extraordinaria de las emociones en conflicto de un atacante suicida y de los demonios que lo motivaban.
Nacido y criado en Kirkuk, Abu Fahed se convirtió en soldado de la Guardia Republica, el cuerpo de elite de Saddam Hussein. Estaba destinado en Bagdad cuando conoció a Ahlam, que trabajaba en un orfanato. "Eres la madre de todos los huérfanos", le dijo cuando se enamoraron.
El suyo fue un matrimonio mixto -él era sunnita y ella chiita-, pero tales uniones eran comunes antes de la guerra. Luego de su casamiento en enero de 2003, alquilaron una casa cerca de la de la familia Ahlam, en el distrito al-Jadida, de Bagdad. Ahlam pronto quedó embarazada, pero su felicidad duró poco. Durante la invasión de Irak, encabezada por Estados Unidos en marzo de ese año, Abu Fahed intervino en la defensa del aeropuerto de la capital iraquí y sufrió quemaduras severas en el rostro.
El ejército iraquí fue desbandado y Abu Fahed comenzó a trabajar como electricista. Pero poco después, combatientes chiitas comenzaron a tomar como blanco a ex soldados en las calles, con particular satisfacción por el asesinato de Guardias Republicanos.
Para agosto, la pareja había llegado a la conclusión de que no podía criar una familia con seguridad en la capital. Se mudaron a la relativamente pacífica Kirkuk para comenzar una nueva vida. "Soñábamos con tener una hija hermosa a la que llamaríamos Noor [Luz] y tú, hija mía, fuiste la corporización de nuestro sueño", escribió Abu Fahed en su carta.
"Eras la luz con la cual veíamos esperanzas para Irak. Nuestro sueño comenzó con un hogar que unía a nuestra familia pese a las diferencias religiosas, y tú serías la manifestación de un Irak unido."
Un disparo en la noche
En la noche del 21 de septiembre de 2004, cuando se acercaba el cumpleaños de Noor, la niña cayó enferma. Subió tanto su temperatura que sus padres pensaron que necesitaba ir al hospital. Como había una ofensiva estadounidense en curso en la zona, no parecía buena idea que Abu Fahed se atreviera a salir a la calle de noche. Decidieron que sería mejor que Ahlam llevara a la beba. El hospital quedaba calle abajo.
Pero cuando caminaba en la oscuridad, alguien debió confundir lo que llevaba en brazos con algo más siniestro que una niña enferma. Hubo un disparo. Ahlam cayó al suelo. Nadie pudo ayudarla. Murió donde yacía.
"No sabemos por qué el francotirador la mató", dijo su primo hermano, que sólo se dio a conocer como Zeid. "Los soldados estadounidenses deben de haber creído que era sospechosa, llevando algo que quizás no pudieron identificar".
En casa, Abu Fahed comenzaba a preocuparse de que Ahlam tardara tanto. Cuando finalmente fue en su busca, encontró a su esposa muerta y a su hija viva junto a ella. El shock lo cambió para siempre. "Se convirtió, de un hombre simple, cuya única preocupación era mantener a su familia, en un bruto cuyo único objetivo era la venganza", dijo Huda, la cuñada.
Para Abu Fahed, la muerte de Ahlam ("Sueños") significó el fin de su vida en Kirkuk. Luego de enterrarla en Bagdad, alquiló una casa cerca de la casa de la familia de ella y buscó consuelo donde pudo: en su hija. "Tu hermoso rostro me recuerda a ella cuando la conocí", le escribió. "Sigue siendo el sueño de mi vida aunque no esté más". Cada día dejaba a Noor en la casa de sus abuelos en la mañana y la recogía cuando volvía del trabajo rumbo a su casa. Pero entonces encontró una nueva fuente de consuelo e inspiración en una mezquita cercana. Comenzó a leer el Corán.
Los parientes de su esposa no saben en qué momento se unió a los insurgentes, pero ahora comprenden que, cuando dejaba a Noor con ellos a la noche, probablemente estuviera realizando operaciones.
La carta de Abu Fahed recuerda un día en que Noor entró cuando estaba reunido con otros insurgentes y él perdió el control. "Extrañamente no te sentiste mal con mis gritos, ni escapaste llena de temor. En vez de ello corriste hacia mí, los ojos llenos de la inocencia de los ángeles y, Dios santo, me besaste las manos y el rostro", escribió. "¿Quién te enseñó a perdonar así y quién puso tanta misericordia en tu corazón? ¿De donde te vino eso mi pequeña?"
A esa altura ya se preparaba para convertirse en atacante suicida. Los pensamientos privados que reveló en su carta fueron los de reunirse con su esposa, restaurar su dignidad con su "martirio" y vengar no sólo su muerte sino la de cientos de miles de iraquíes.
La familia vio que se estaba volviendo más religioso, más reflexivo, pero no tenían indicio alguno de cómo pensaba morir y ninguna idea de su lucha interior por aceptar el impacto que tendría en su hija. En realidad, se estaba castigando por la distancia que ya había tomado de ella. "Qué hermosos son tus ojos, ahogados en sueños de niños. Te miro y el pesar invade mi cuerpo", escribió. "Ahora sólo deseo haberte besado. Nunca te cargué en mis hombros, mis brazos nunca te alzaron o abrazaron y nunca te llamé para que jugáramos juntos".
Huérfana por segunda vez
Cuando no llevó a Noor a la casa de sus abuelos en la mañana del 17 de septiembre del año pasado, Huda entró por la puerta de la cocina sin llave. "Inmediatamente comprendí que se había ido y no volvería", dijo días atrás. "Pero tenía esperanzas de que cambiara de idea en el último minuto y volviera con su hija, de que no la dejara huérfana por segunda vez. "
Pero comenzaba la lucha en Kirkuk. Los atacantes suicidas enviados por grupos insurgentes que nunca fueron identificados se acercaron a sus blancos en autos llenos de explosivos. Mataron a policías iraquíes y a civiles, pero a ningún soldado estadounidense. El deseo de venganza de Abu Fahed evidentemente quedó incumplido.
Al día siguiente, un hombre extraño golpeó a la puerta de la familia en Bagdad. Dijo ser portador de la "buena nueva" de que Abu Fahed había llevado a cabo "una misión mártir contra un convoy estadounidense" y que se había unido a su esposa en el paraíso.
El Sunday Times no ha encontrado informe alguno de tal ataque contra estadounidenses ese día en Kirkuk, pero hay muchas fotografías de los civiles muertos. Entre ellos, una pequeña niña en una remera amarilla cubierta en sangre. No debía tener más edad que Noor.
Huda insiste en que ella y sus padres están orgullosos de lo que hizo Abu Fahed. Pero también tienen que vivir con las consecuencias de ello. Le dice a Noor que su madre y padre están en el paraíso con Dios, velando sobre ella y que le envían besos. Pero el vacío en la vida de la niña es demasiado obvio. Aún aguarda el regreso de su padre en la puerta de la casa, sosteniendo una pequeña pelota que le dio y llamando "papá" a hombres que ve en la calle.
Está por verse si Noor atenderá a sus consejos de ofrecer sus propios hijos algún día como "sacrificio para Dios y el país". "Quiero encontrarte en el paraíso, si Dios lo permite, como madre de hombres que liberaron Bagdad", escribió.
Pero cuando tenga edad suficiente para entender su carta, no tendrá dudas de lo cierto de su conclusión: "Pagarás el precio, mi pequeña, cuando me busques en toda la casa y no encuentres respuesta cuando no encuentres a quién llamar padre. Pagarás el precio cada vez que busques un abrazo".
Publicado en el diario La Nación de Buenos Aires el 27 de mayo de 2007
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